Callando La ignorancia de mi karma (autobiografia)

                                            Sinopsis

En la historia de Victoria Monserrat el tiempo es una línea delgada entre el pasado y el futuro, que muchas veces no pudo distinguir tan claro. Tampoco es que todo sea un puro capricho del destino, sino la resonancia de vidas pasadas que, aunque olvidadas, van moldeando de forma increíble, su vida presente. La medicina le ofreció diversos diagnósticos, pero se negó aceptar esos estigmas. Por lo que no le quedó otra salida que emprender un viaje personal, para desentrañar la oscuridad que la aquejaba. La ciencia intentó justificar cada crisis, cada padecimiento, cada tortura y la etiquetó como una desquiciada más, una neurótica más o una loca más. Y ella se les enfrentó a todos. A la ciencia y a la religión. Y fue cuando descubrió muchas verdades del universo, tanto, que cuando leas su historia, te vas a conmover hasta las lágrimas, y por momentos, te hará soltar una carcajada. Pero lo más importantes, es que te impulsará a cuestionar las bases de tu propia existencia. Su historia te desafía, te emociona y te invita a buscar respuestas más allá de la lógica. Su objetivo al contarla al público, es para que te cuestiones y encuentres tus propias respuestas. Esas que van solo contigo, a tu propio ritmo y expandiendo tu propia conciencia. Y pensar en esos temas tan tabú como son: ¿Quiénes somos? ¿Cuál es nuestro propósito en la Tierra? ¿Hacia dónde vamos?  ¿Qué es morir? Y con respecto al amor, ese sentimiento tan milagroso como peligroso, su historia trae sabores desafiantes, que te harán sentir una emoción de completa plenitud. ¿Qué secretos ocultaba el pasado de Victoria en sus vidas pasadas? ¿Podría el amor trascender las barreras del tiempo? ¿Por qué ella podía escuchar todo y al mismo tiempo nada? Comencemos a desentrañar el misterio juntos…

¡¡Bienvenidos!!

 

 

  Prólogo 

 Mi viaje en el aquí y en allá.

Sentada frente a la ventana, me di cuenta que si seguía entre puros lamentos y escusas, y sin enfrentarme con lo que me paralizaba, mi vida sería un asco total. Por lo que fijé la vista hacia “el afuera” con los ojos aguados y apreté mis labios con mucha fuerza. Me paré y estampé mi rostro en el vidrio. El departamento estaba en el primer piso, o sea que, desde allí, podía percibir hasta las mismísimas expresiones de las personas que pasaban por la vereda. Todos muy arropados y con la cabeza en alto, abstraídos en sus propios pensamientos, y por supuesto: ninguno notó mi presencia.

Noté que el viento estaba como enfurecido. Sacudía con fuerza las ramas desnudas de los árboles de un lado al otro, como si fueran esqueléticos dedos de una mano que se extendían en todas las direcciones. Y de repente, sentí miedo. Mucho miedo. Esos dedos me apuntaban. Supe que la ventana estaba a punto de abrirse nuevamente. Lo supe porque mi piel se erizó, como si estuviera en medio de un glaciar. Bajé la cabeza, empalmando las manos y con cierta reverencia, rogué la protección de los Cielos. Sentí que ya no tenía más fuerzas para continuar. No encontraba por dónde salir, cómo seguir, por dónde buscar. Lloré desconsoladamente, de forma mansa, un largo rato.

Luego, haciendo a un lado la mata negra de cabello largo que cubría mi rostro, miré de reojo la habitación en la que me encontraba. Primero observé los libros, los cuales tenía en cantidad y de varios tamaños y colores; aquellos ejemplares que debían estar en el escaparate de madera, sin embargo, se encontraban dispersos por doquier. Contemplé ese lugar donde predominaba en los cojines blancos y suspiré, llenando de aire mis pulmones y luego, con rabia, resoplé con fuerza. Y entendí. Era necesario que organizara ese caos, el de esa habitación y el de mi existencia patética.

Llevé otra vez la mirada hacia afuera y el crudo frío del exterior me hizo estremecer por completo una vez más, sin embargo, la gente que caminaba por la vereda, sonreía. Ellos vivían y yo sobrevivía.  Volví a observar a mí alrededor, buscando algo. No sé con exactitud qué era lo que buscaba, pero siempre tuve esa sensación que lo iba a encontrar. No sé cómo era que lo sabía, pero entendía en esos días, que todo era un peregrinar pasajero, pero que al final, ya en una edad avanzada, todo sería diferente. Tendría algo así como una recompensa, un premio como el que se otorga a un ciclista que llega en primer lugar de la meta. El tema era cómo seguir levantándome, luego de tantas caídas de esa bicicleta.

Esa mañana había intentado esbozar una idea para una novela. No obstante, luego de escribir un bosquejo en el cuaderno, lo miré, y ante una mueca de desasosiego, volví a arrancar la hoja. Las mutilé y las arrugué entre mis manos, hasta hacer de ellas, pequeñas bolas de papel que volaron directo al cesto de basura. Aturdida y frustrada, abandoné la escritura y me dediqué a organizar el caos: las hojas rebeldes, las tazas de té dispersas. Conocía mi forma de escribir, libre de esquemas y estructuras rígidas, pues las ideas fluían como un torrente. Sin embargo, ese día algo me bloqueaba, una tensión inexplicable que me recorría el cuerpo. Caminé de un lado a otro por la sala, y siempre con la mirada fija en las ramas esqueléticas que parecían querer invadir mi santuario.

De pronto, un golpe seco rompió el silencio. La ventana se abrió de par en par, inundando la habitación con un frío gélido que me caló hasta los huesos. Un escalofrío recorrió cada centímetro de mi piel. Mi corazón comenzó a latir con fuerza desmedida, rebotando contra las paredes de mi pecho. Podía sentir el torrente sanguíneo correr por mis venas, embravecido por el mal presagio que se cernía sobre mí. Levanté las manos, aterrada, y las llevé a mis oídos, como si eso pudiera aminorar los síntomas de ese terror indescriptible.

Intenté cerrarla con todas mis fuerzas, pero fue inútil.  Esa ventana, se abría una y otra vez, como una adolescente rebelde. Día tras día, año tras año, me atormentó con su caprichosa apertura, desafiando mis intentos de cerrarla.

Y ese día no fue diferente. El frío volvió a invadir mi vida, dominándome y sometiéndome por completo.

En otras ocasiones pasadas, el frío me paralizó, inmovilizándome por completo. Ni siquiera intenté en esos días, cerrarla, por completo resignada a su martirio. Esos días fueron los peores.

Hubo otros tiempos en que me rebelé contra ese frío, como una loba recién parida defendiendo a sus crías. Y en una ocasión –la más tétrica de todas– sucumbí a la desesperación y estuve a punto de caer en el abismo del olvido.

Pasé por todas las etapas posibles. Y en ese proceso conocí a todo tipo de maestros, cada uno colaborando en la búsqueda de la verdad sobre aquello desconocido que se colaba por esos vidrios que se abrían. Esos mentores aparecían en el momento preciso, muchas veces sin que yo me percatara de su presencia, sigilosos como cazadores acechando a su presa. Con el tiempo, comprendí que eran maestros escondidos entre la gente, ángeles surgidos de la nada que llegaban a mi vida para cumplir un propósito y dejarme una enseñanza. Y luego, se marchaban.

Todo eso formaba parte de mi historia. Y ese día, en que el frío se intensificó más que nunca, me impulsó a cambiar el rumbo de mi búsqueda. Debía contarlo todo, no podía llevarme esos secretos a la tumba. Los misterios debían ser revelados, aunque eso significaba enfrentar las críticas y la burla. Pero no había otra alternativa. Era el único camino.

Por eso, decidí dejar de hacer bollos con las hojas de mi cuaderno y comencé a narrar mi propia historia y con el tiempo, pude escribir cómo fue que descubrí la verdad sobre mi karma.  Sería una historia polémica y surrealista, pero ya era hora de sacar a la luz todos esos secretos que habían permanecido ocultos durante tanto tiempo, por miedo, por vergüenza, por terror.

Mi nombre es Victoria Monserrat, y esta es mi historia.